Cuba, 1921. Hemingway, a quien no le gustaban mucho las bebidas dulces pero amaba el ron y los cítricos, confió en el mítico bartender de El Floridita, Constantino Ribailagua, para hacerle una versión del clásico Daiquiri adaptada a su paladar. El escritor estaba tan fascinado con el resultado que podía perfectamente beberse una docena al día, pidiéndolos de dos en dos muchas veces.